sábado, 9 de septiembre de 2017

Vuelta al cole

Cuando toda la maquinaria del sistema vuelve a girar como cada septiembre con la llamada Vuelta al cole, Andrés Aberasturi se desmarca y nos deja esta carta en el periódico "20 minutos". Una carta llena de sentido común que espero que hayan leído muchas personas:

(fuente: http://www.20minutos.es/opiniones/andres-aberasturi-carta-madres-padres-alumnos-primerizos-3129088/)



martes, 21 de julio de 2015

¿Matemáticas jugando?

En la mayoría de ocasiones, ayudar a nuestros hijos con el manejo y práctica de las matemáticas es mucho más fácil de lo que parece. En un sector muy amplio de nuestra sociedad se ha extendido la creencia de que los niños deben jugar solos o con otros niños, e incluso en otro sector más reducido se afirma que a los niños hay que dejarlos jugar libremente sin interferir nunca en sus juegos por ser negativa esta interferencia.

Se ha colocado en esta creencia la idea de ‘interferencia’ como si fuese un hecho cierto que el interactuar con los niños cuando juegan fuese algo que ellos perciben como negativo o que perjudica o limita su desarrollo. Y si bien es incuestionable que el niño ha de poder  jugar libremente para desarrollar su propia creatividad, eso no implica que el hecho de que los padres u otros adultos jueguen en muchas ocasiones con los niños vaya a dañarlos de alguna forma. Al contrario. Para la mayoría, por no decir todos los niños, el que un adulto quiera participar en sus juegos suele ser un privilegio que abrazan con una alegría considerable. Se sienten más tomados en consideración si un adulto quiere jugar con ellos que si ocurre lo contrario. Bien es cierto que lo ideal al jugar con los niños sería que se les dejase participar de forma que también ellos pudiesen conducir el juego como quisieran con nuestra participación como seguidores de sus propuestas. Pero muchas veces nos encontramos con que no quieren conducirlo, sino seguir nuestras propuestas, que les mostremos novedades y un mundo distinto al que puedan imaginar, pues aprenden mucho con la imitación y la observación.



Desde esta perspectiva, jugar con los niños de forma que podamos ofrecerle propuestas que les motiven, es una oportunidad para todos de educar también en habilidades y conocimientos. Observando cómo un adulto bota una pelota con su mano, un niño puede aprender más rápidamente que si lo hace solo. También jugando se puede ayudar a los niños a familiarizarse y dominar las matemáticas con cuestiones que tengan sentido para ellos. A un niño que le gusten los animales le encantará ser el dueño de un establecimiento de mascotas al que llega el adulto a comprar diversos productos para su animal o incluso algún animal de compañía. En otra ocasión les divertirá mucho poder vender al adulto cualquier otro producto, juguetes para sus hijos, comida, etc. Son ocasiones de oro para practicar las matemáticas. Con ayuda de monedas reales, de monedas de juguete, de regletas Montessori  o incluso de piedras, se pueden pasar horas de diversión practicando las sumas, restas al dar el cambio, multiplicaciones al comprar varios productos del mismo precio o incluso divisiones al partir determinados productos en varios trozos para varios clientes.

Incluso las actividades familiares se pueden convertir en un juego si se tiene el ánimo suficiente. El comer en familia es una oportunidad para que el niño pueda hacer un reparto equitativo de los elementos que componen la comida, practicando las divisiones y las multiplicaciones, el concepto de mitad, del doble, etc. Los niños se sentirán más capaces, y con ello con una autoestima más equilibrada, si cuando tienen que utilizar cualquier procedimiento matemático en un futuro no muy lejano, sienten que lo dominan gracias a un proceso que ha sido divertido para ellos.

sábado, 28 de febrero de 2015

Ven, que te enseño

Es tanta la profundidad en la que cala la forma en que nos han enseñado a aprender, la forma en que nos han tratado de pequeños cuando hemos adquirido conocimientos, que luego la trasladamos en nuestro trato a los niños sin darnos cuenta (incluso por mucho que nos lo señalen) de que lo hacemos incluso en contra de nuestras intenciones, y no somos capaces de verlo tal como es para los niños a los que lo aplicamos.

Imaginemos una escena cotidiana. La mujer le pregunta a su pareja si ha leído el escándalo que ha saltado hoy a los medios sobre el político Fulanitez. Dejando la cuchara descansar en el plato, su pareja le responde que sí, que es alucinante y que quién lo hubiera dicho. La mujer le pregunta, ¿pero qué es lo que has leído?, su pareja se lo explica resumidamente, dando muestras sobradas de conocer la noticia y, pese a eso, la mujer le sigue diciendo: “pues mira, para que aprendas, te lo voy a explicar”.

Es posible que hayáis sentido sorpresa. Si os ponéis en la piel de su pareja, ¿tal vez habéis sentido la incomprensión de la mujer? ¿Parece que esté sorda, que no se entere? ¿Por qué quiere explicarte lo que le has dicho y demostrado que ya sabes? Según cómo seáis de inseguros, es posible que penséis que tal vez os tiene por tontos. Sí, seguro que es eso, os tiene por tontos, por incapaces de comprender una noticia pese a haberla leído y explicado posteriormente.

Lo mismo hacemos con los niños sin darnos cuenta. Nos han premiado tanto el responder a un examen que saltamos a la mínima en actitud de enseñanza, de exposición y sobre-exposición de lo que sabemos, dando igual si el niño ya lo sabe o incluso si ya nos ha demostrado que lo sabe. Desde aquí nos puede parecer imposible que repitamos ese sin sentido. Sin embargo, lo hacemos. Los adultos preguntan a un niño, muchas veces el niño responde, y tanto si da la respuesta acertada como si no la da, el adulto suele explicarle lo que sea que entienda que tiene que explicarle a ese niño, que en la mayoría de los casos ni ha preguntado ese contenido ni ningún otro. Y además esa explicación suele ir precedida de un “ven que te enseño” o un “para que aprendas”, o ambas ideas a la vez. Nos tendríamos que plantear qué sentiríamos si alguien nos tratase así como adultos, quizá nos sentiríamos tratados de tontos, de incultos o de inferiores respecto al que nos trata así, en algunos casos nos sentiríamos hasta infantilizados. Los niños no son diferentes, y se sienten igual en esos casos. Ni son tontos, ni incultos (para su edad) ni inferiores. Algunos podemos reconocer ese sentimiento cuando recordamos nuestra niñez y cómo nos trataban los adultos. Pero solemos reproducirlo sin ser conscientes de que estamos repitiendo algo que no nos hacía sentir precisamente bien, sino todo lo contrario.

Y yendo más allá aún, se produce otro sin sentido tan o más a menudo que el anterior. El niño pregunta, una cosa muy concreta casi siempre, y el adulto empieza a darle una explicación sin caer en que las palabras que emplea para dar la explicación no las conoce el niño. O son palabras muy técnicas o muy cultas, o propias de un contexto que el niño no conoce en absoluto. Para el adulto resulta muy evidente que está dando su mejor explicación al niño,  pero el niño no está comprendiendo nada, una palabra tras otra están fuera de su alcance de comprensión. Y es porque el adulto está dando su mejor explicación para un adulto, inconscientemente. Si al adulto se le señala que la explicación contiene en su mayoría palabras que el niño no conoce ni comprende, se produce el típico rebote, el enfado. El adulto se enfada porque en realidad es un niño grande que está respondiendo como un niño que quiso, y al que le inculcó, satisfacer esa necesidad de impresionar a los adultos para ser querido, para ser aceptado.


Luego, él mismo de adulto, sigue con esa necesidad y forma de responder porque no le han enseñado ni ha aprendido otra, y es cuando responde no con la explicación simple y clara que pueda entender el niño según la edad que tenga, sino que responde con la mejor explicación que es capaz de responder a su edad actual (la del adulto) a otro adulto. El colmo es cuando en medio de este enredo, el niño logra identificar una palabra que sí conoce y comprende, se lo hace saber al adulto, y el adulto entonces toma una bifurcación del camino para dar su mejor explicación en profundidad de lo que significa esa palabra que conoce el niño (de esa palabra o de otras relacionadas con ella), sin llegar al final a explicar lo único que el niño quería saber. Es como si cada uno, el adulto y el niño, anduviesen en una dirección diferente. El niño quiere saber algo concreto y pregunta: “¿Qué es HDMI?” (palabra que acaba de escucharle al adulto), el adulto sin embargo camina por otro camino, el que se ha activado tras sentir que tiene que dar su mejor respuesta (a un adulto, pues es desde dónde está acostumbrado a que le juzguen), pues son adultos lo que le han examinado continuamente durante su niñez, y no puede pensar en explicarse en un lenguaje acorde con la edad del niño, acabando por contestar a un niño de 5 años: “es un sistema de reproducción de vídeo y audio, cifrado…”, dónde ese niño, como mucho, entiende la palabra vídeo. 

sábado, 6 de diciembre de 2014

Todos los derechos que les negamos a los niños

Acabo de leer un artículo escrito por Anna Dragow con el que no puedo estar más de acuerdo. Nuestros hijos son tratados como personas con menos derechos que los adultos, pero sobre todo sin derecho a decidir sobre su vida, su tiempo libre, muchas veces sin derecho al cariño y atención que necesitan, al respeto que merecen:

“Estamos tan acostumbrados a vivir con experiencias prestadas, investigaciones de otros y puntos de vista ajenos, que hemos perdido la confianza en nosotros mismos y no deseamos seguir creyendo en la realidad que ofrecen nuestros propios ojos.” (Janusz Korczak)


Seguramente a estas alturas ya no os sorprenda que no me ponga del lado de los padres, porque este enfrentamiento padres-estado es falso. Está el poder, la autoridad, el patriarcado en forma de hombres y mujeres y todos juntos apoyándose mutuamente dominan, doblegan y destruyen la vida que aún conservan los niños. 

Yo voy a ponerme del lado de los niños y ver con sus ojos como desde el primer momento se les niega sus derechos básicos a ser simplemente amados, complacidos y respetados.
Y los padres sumergidos en las aguas sucias  y desconectados de si mismos,  acuden a las escuelas de padres para aprender como domar a sus hijos y cómo hacerlo con la sonrisa en los labios, hartos de aguantar llantos y protestas que hacen de su vida un infierno. Allí nos enseñan trucos y métodos y nos dicen que nuestros hijos son como la plastilina: antes de que endurezca puedes moldearla a tu antojo.
Nos entregamos a la esclavitud del método,  nos venden la receta, y nos olvidamos del simple respeto, de la complacencia, de que no somos nadie para imponerles nada.
Y entonces somos capaces, que de otro modo sería imposible, de usar su curiosidad y todas las capacidades del niño para nuestros propios planes.

Sobre los "listos" nos dicen que son yacimientos de materia gris que hay que aprovechar antes de que se pudra, sobre "los tontos" que son inútiles como si se midiera a los seres humanos por su utilidad. Y nos cuentan el cuento de la cultura del esfuerzo que esclaviza a los niños como si hacer las cosas con esfuerzo fuera mejor que gozar de ellas sin que nos cueste. 

Ya es hora de decir bien alto que no se puede tratar a los hijos como objetos, ni como medios para cumplir nuestros sueños y nuestros deseos.

“Educar es romper físicamente la fantástica máquina de desear y gozar que es un niño.” Y los primeros que se lanzan a romperla son los propios padres y madres, tan patriarcales que ni se lo plantean.

Fuente: http://aprendizajevitalcompartido.pbworks.com/w/page/57986652/la%20familia